domingo, 27 de septiembre de 2026

Mis muertos tristes y los fantasmas sociales.

 



Quienes hemos leído a Mariana Enríquez sabemos de qué van sus historias. Reina en crear universos en los que el cruce entre lo sobrenatural, lo fantástico, lo grotesco y el horror, se abrazan y nos abren sus puertas para adentrarnos en historias de fantasmas que emergen para traer al presente de su enunciación hechos no resueltos. Hechos que retornan, se repiten, se transforman y, en ocasiones, encuentran expresión mediante relatos míticos o sobrenaturales. Los fantasmas, ya sea como presencias incorpóreas o como cuerpos que regresan, funcionan como testigos de aquello que se intenta olvidar y como mensajeros de una memoria que se resiste a desaparecer. La propia Enríquez ha definido a estos fantasmas como una forma de memoria: aquello que vuelve una y otra vez y que muchas veces no puede calmarse porque está ligado a la injusticia.

Todo eso está plasmado en los cuatro capítulos que conforman la miniserie Mis muertos tristes, estrenada el 24 de septiembre en Netflix. La serie articula distintos relatos de Enríquez, entre ellos Mis muertos tristes, Julie y Un lugar soleado para gente sombría, para construir una nueva trama en la que los personajes, los espacios y los fantasmas confluyen en el barrio Piedrabuena. Está lograda su mirada social. Es La Enríquez: si no les gusta, no la consumen y ya. La serie pone en escena temas como la marginalidad, la carga del estigma por pertenecer a determinadas zonas, las heridas que deja la falta de comunicación, los estereotipos instalados, la cultura popular, el bullying, la depresión, la maternidad y los vínculos filiales, aquello que una sociedad decide considerar normal y aquello que expulsa hacia el territorio de lo monstruoso. También aparecen el consumo de drogas fuertes para poder sostener el rendimiento laboral y su consecuente adicción, un fenómeno del que existen numerosos casos en el ámbito médico, aunque se hable poco de ello, las drogas adulteradas, los lazos familiares, el aspiracionismo y la dictadura.

También está esa dimensión de lo social que aparece cuando el miedo nos despoja de aquello que creemos que nos hace humanos. La serie vuelve sobre situaciones en las que prima lo animal antes que lo humano y alguien que pide ayuda termina abandonado por el miedo o la indiferencia. Ahí aparece el eco del caso de Matías Berardi, pero también una idea más amplia: la de una sociedad que puede convertirse en espectadora de la muerte de otro. En este sentido, el horror de Enríquez no necesita inventar monstruos porque muchas veces alcanza con observar aquello que hacemos, aquello que dejamos de hacer y las formas en que aprendemos a mirar hacia otro lado.

Luego  está Julie, la joven obesa y patologizada y el enganche casi inevitable con otro caso real que quedó instalado en el imaginario contemporáneo: el de Elisa Lam, una joven que se movía en un estado de extrañamiento, una presencia difícil de comprender, el agua como espacio de muerte y, especialmente, la imagen del tanque elevado. Elisa Lam, una joven canadiense de 21 años, desapareció en 2013 durante su estadía en el Hotel Cecil de Los Ángeles y fue encontrada muerta dentro de uno de los tanques de agua ubicados en la azotea del hotel; su muerte fue posteriormente clasificada como un ahogamiento accidental.

Mis muertos tristes convierte justamente al tanque de agua de Piedrabuena en una presencia visual recurrente. La propia sinopsis oficial de Netflix señala la aparición de la torre de agua como uno de los elementos inquietantes. En este caso, el tanque deja de ser simplemente un objeto arquitectónico para convertirse en una especie de depósito de aquello que la comunidad no quiere mirar. Es como si debajo de la superficie cotidiana del barrio existiera siempre algo sumergido que, tarde o temprano, tiene que volver.

La fotografía me gustó porque no hay matices, todo es gris. Rescato la toma que se halla en el capítulo tres, cuando enfocan desde arriba el tanque de agua de Piedrabuena y suena un piano tétrico. Para mí fue como mirar desde arriba las puertas de ese infierno en el que el sinvivir es un denominador común. Y quizá ahí esté una de las claves más interesantes de la serie: mirar desde arriba,  tomar distancia para descubrir todo aquello que permanece oculto a simple vista. El barrio, sus muertos, sus habitantes y sus historias aparecen como capas de una misma memoria. Los fantasmas no vienen solamente desde otro mundo: parecen surgir del propio territorio, de sus heridas y de aquello que sus habitantes no pudieron, o no quisieron, elaborar.


El tanque de agua de Piedrabuena, en Villa Lugano, es parte de la infraestructura que conecta y abastece a quienes habitan los monoblocks del complejo, de modo que el agua atraviesa literalmente la vida cotidiana de esa comunidad. En la serie, ese mismo tanque se transforma en una presencia inquietante porque es desde donde emerge el horror. El agua, deja de ser un sustento de la vida humana para convertirse en un vínculo entre quienes allí moran y los no vivos. 



miércoles, 2 de septiembre de 2026

El relato de un asesino

 

Ricardo Barreda y el problema de la verdad


La pelicula  Barreda, sobre los asesinatos cometidos por el odontólogo argentino Ricardo Barreda en 1992, comienza poniendo el foco en la veracidad de los hechos relatados por el profesional. El film comienza abriendo con las preguntas: si todos fueron asesinados, ¿quién contará la historia? ¿El asesino?

Lo cierto es que Barreda se nos revela como la antítesis de lo que los medios de comunicación construyeron sobre la figura del dentista en aquella época. El hombre erige, en articulación con su abogado, estrategias para que el peso de la ley o bien lo declare insano o bien los años que deba cumplir de condena sean los menos posibles. Yo era el lacayo, el chofer; si se me caía un botón, me lo cosía yo, y nunca había un reconocimiento ni un agradecimiento, le comenta a su abogado, quien le pide algo más fuerte, algo que despierte simpatía por su figura, vapuleada y muy criticada en el afuera. No les importaba que yo fuera el hombre, el que tenía la…, y hace un gesto con sus manos sobre su miembro. Yo era una concha. Yo era la concha de la casa, y ni siquiera la concha, era la conchita. Decí eso, decí que me decían conchita. Ese es el discurso que construyen para acceder a una verdad que le brinde la posibilidad de salir airoso.

Claro que no admite su culpabilidad desde el inicio, sino que confiesa a medias cuando se ve descubierto, cuando le comentan que saben que él hizo un curso de criminalística en el Colegio de Abogados.

Resulta penoso conocer que el arma que utilizó para los asesinatos había sido un obsequio de su suegra, Elena Arreche. Que, además, el criminal haya sido glorificado por otros hombres que justificaban la matanza bajo argumentos machistas. Crearon imágenes de él con vestimenta de santo, a la manera de estampitas cristianas, y hasta una canción le dedicó la banda Attaque 77. Digno de una película de horror. Por otro lado, resulta gratificante conocer las voces y las miradas de las víctimas, a las que nadie jamás podrá volver a oír.

Ricardo Barreda asesinó a escopetazos a su suegra, a su mujer, Gladys McDonald, y a las dos hijas que tenía en común, Cecilia y Adriana Barreda. Los asesinatos confluyen con los proyectos de las jóvenes de marcharse del hogar: una se casaba y la otra se marchaba a vivir con su pareja, mientras que la esposa ya había solicitado el divorcio por el maltrato padecido a lo largo de los años y las infidelidades de su pareja. Todo parece indicar que se trató de un asesinato frío y cruelmente premeditado, en un contexto en el que también estaban en juego los bienes en común. Un cobarde a quien la Justicia condenó a cadena perpetua, pero que cumplió apenas 17 años de prisión y luego pudo vivir una vida normal y en pareja.

                                                           Las cuatro víctimas asesinadas

Desde una perspectiva feminista, quizás lo más perturbador no sea únicamente que Barreda haya asesinado a cuatro mujeres, sino que después de hacerlo haya podido convertirse en un personaje, en una figura de culto, en un hombre al que otros hombres encontraron un referente a quien reivindicaron e incluso santificaron. Mientras ellas quedaron reducidas durante años a cifras, nombres dentro de una crónica policial o personajes secundarios de la historia de su asesino, él consiguió conservar una voz. Y esa es, quizás, la pregunta que el film vuelve a poner sobre la mesa: ¿qué ocurre cuando la historia de un feminicida se vuelve más poderosa que las historias de las mujeres a las que asesinó? Recuperar sus voces no significa solamente recordarlas, sino también disputar el relato que durante décadas hizo del asesino el protagonista.

Les dejo la cancion que Attaque 77 le dedicó:



Aqui les dejo el enlace a un grupo en el que verán la estampita de San Barreda con oracion incluída. El horror al leer lo que allí dicen, es indescriptible. Denuncien, por favor. 


Y recuerden hermanas: si alguna enseñanza sacamos de acá es que ningún tipo puede venir a violentarnos en nombre del fastidio . Que la próxima invocación sea para que ninguna de nosotras sea callada nunca jamas en la vida por el motivo que sea. Nuestra voz no se negocia. Se levanta y se defiende.
 
Landra Darvulia

Mis muertos tristes y los fantasmas sociales.

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