Quienes hemos leído a Mariana Enríquez sabemos de qué van sus historias. Reina en crear universos en los que el cruce entre lo sobrenatural, lo fantástico, lo grotesco y el horror, se abrazan y nos abren sus puertas para adentrarnos en historias de fantasmas que emergen para traer al presente de su enunciación hechos no resueltos. Hechos que retornan, se repiten, se transforman y, en ocasiones, encuentran expresión mediante relatos míticos o sobrenaturales. Los fantasmas, ya sea como presencias incorpóreas o como cuerpos que regresan, funcionan como testigos de aquello que se intenta olvidar y como mensajeros de una memoria que se resiste a desaparecer. La propia Enríquez ha definido a estos fantasmas como una forma de memoria: aquello que vuelve una y otra vez y que muchas veces no puede calmarse porque está ligado a la injusticia.
Todo eso está plasmado en los cuatro capítulos que conforman la miniserie Mis muertos tristes, estrenada el 24 de septiembre en Netflix. La serie articula distintos relatos de Enríquez, entre ellos Mis muertos tristes, Julie y Un lugar soleado para gente sombría, para construir una nueva trama en la que los personajes, los espacios y los fantasmas confluyen en el barrio Piedrabuena. Está lograda su mirada social. Es La Enríquez: si no les gusta, no la consumen y ya. La serie pone en escena temas como la marginalidad, la carga del estigma por pertenecer a determinadas zonas, las heridas que deja la falta de comunicación, los estereotipos instalados, la cultura popular, el bullying, la depresión, la maternidad y los vínculos filiales, aquello que una sociedad decide considerar normal y aquello que expulsa hacia el territorio de lo monstruoso. También aparecen el consumo de drogas fuertes para poder sostener el rendimiento laboral y su consecuente adicción, un fenómeno del que existen numerosos casos en el ámbito médico, aunque se hable poco de ello, las drogas adulteradas, los lazos familiares, el aspiracionismo y la dictadura.
También está esa dimensión de lo social que aparece cuando el miedo nos despoja de aquello que creemos que nos hace humanos. La serie vuelve sobre situaciones en las que prima lo animal antes que lo humano y alguien que pide ayuda termina abandonado por el miedo o la indiferencia. Ahí aparece el eco del caso de Matías Berardi, pero también una idea más amplia: la de una sociedad que puede convertirse en espectadora de la muerte de otro. En este sentido, el horror de Enríquez no necesita inventar monstruos porque muchas veces alcanza con observar aquello que hacemos, aquello que dejamos de hacer y las formas en que aprendemos a mirar hacia otro lado.
Luego está Julie, la joven obesa y patologizada y el enganche casi inevitable con otro caso real que quedó instalado en el imaginario contemporáneo: el de Elisa Lam, una joven que se movía en un estado de extrañamiento, una presencia difícil de comprender, el agua como espacio de muerte y, especialmente, la imagen del tanque elevado. Elisa Lam, una joven canadiense de 21 años, desapareció en 2013 durante su estadía en el Hotel Cecil de Los Ángeles y fue encontrada muerta dentro de uno de los tanques de agua ubicados en la azotea del hotel; su muerte fue posteriormente clasificada como un ahogamiento accidental.
Mis muertos tristes convierte justamente al tanque de agua de Piedrabuena en una presencia visual recurrente. La propia sinopsis oficial de Netflix señala la aparición de la torre de agua como uno de los elementos inquietantes. En este caso, el tanque deja de ser simplemente un objeto arquitectónico para convertirse en una especie de depósito de aquello que la comunidad no quiere mirar. Es como si debajo de la superficie cotidiana del barrio existiera siempre algo sumergido que, tarde o temprano, tiene que volver.
La fotografía me gustó porque no hay matices, todo es gris. Rescato la toma que se halla en el capítulo tres, cuando enfocan desde arriba el tanque de agua de Piedrabuena y suena un piano tétrico. Para mí fue como mirar desde arriba las puertas de ese infierno en el que el sinvivir es un denominador común. Y quizá ahí esté una de las claves más interesantes de la serie: mirar desde arriba, tomar distancia para descubrir todo aquello que permanece oculto a simple vista. El barrio, sus muertos, sus habitantes y sus historias aparecen como capas de una misma memoria. Los fantasmas no vienen solamente desde otro mundo: parecen surgir del propio territorio, de sus heridas y de aquello que sus habitantes no pudieron, o no quisieron, elaborar.
El tanque de agua de Piedrabuena, en Villa Lugano, es parte de la infraestructura que conecta y abastece a quienes habitan los monoblocks del complejo, de modo que el agua atraviesa literalmente la vida cotidiana de esa comunidad. En la serie, ese mismo tanque se transforma en una presencia inquietante porque es desde donde emerge el horror. El agua, deja de ser un sustento de la vida humana para convertirse en un vínculo entre quienes allí moran y los no vivos.
